Beatriz González: el arte como memoria viva de la ciudad
La cultura colombiana y latinoamericana despide a Beatriz González, maestra fundamental del arte contemporáneo, cuya obra transformó de manera profunda la relación entre arte, memoria, política y ciudad. Su fallecimiento deja un vacío inmenso, pero también un legado ético, estético y ciudadano que seguirá interpelando a generaciones enteras.
A lo largo de más de siete décadas de trabajo, Beatriz González construyó un lenguaje propio, honesto y radicalmente comprometido con la historia del país. Desde una mirada crítica y sensible, su obra abordó el dolor, la ausencia y la violencia, convirtiendo el arte en un espacio de reflexión colectiva, dignificación de las víctimas y construcción de memoria. En un contexto marcado por el conflicto, su propuesta estética nunca fue indiferente: fue una forma de nombrar lo que muchos preferían callar.
Auras Anónimas: memoria, duelo y espacio público
En Bogotá, uno de sus legados más emblemáticos es Auras Anónimas, instalada en los Columbarios del Cementerio Central. Esta intervención resignificó un espacio patrimonial que había sido olvidado, transformándolo en un lugar de memoria, duelo y encuentro ciudadano. La obra convirtió los columbarios en un referente internacional de arte público, demostrando que la ciudad también puede ser un soporte para el recuerdo y la dignidad.
La reciente noticia del anuncio de la restauración de los Columbarios, hecha por el alcalde Carlos Fernando Galán, se entiende hoy como un acto de homenaje y continuidad del pensamiento de la maestra. Más que una acción de conservación patrimonial, esta intervención reafirma el compromiso de Bogotá con una memoria que no borra, que no oculta y que se construye en el espacio público.
Una obra que dialoga con el presente
El impacto de Beatriz González trascendió los museos y las galerías. Su obra La felicidad de Pablo Leyva (1977) inspiró el eje curatorial Bogotá, ensayos sobre la felicidad de la Bienal Internacional de Arte y Ciudad BOG25, realizada entre septiembre y noviembre del año pasado. Este diálogo entre pasado y presente invitó a la ciudadanía a repensar el concepto de felicidad en medio de las tensiones contemporáneas, evidenciando cómo el arte sigue siendo una herramienta para cuestionar los discursos dominantes sobre bienestar, progreso y éxito.
Nacida en Bucaramanga en 1932, Beatriz González desarrolló una trayectoria de alcance internacional. Su obra fue exhibida en instituciones de primer nivel como el Pérez Art Museum Miami, el Museum of Fine Arts de Houston, el Museo Reina Sofía de Madrid, el KW Institute for Contemporary Art de Berlín y Documenta 14 en Kassel, entre muchas otras. Forma parte, además, de las colecciones permanentes del Museum of Modern Art de Nueva York, la Tate Modern de Londres, el Museo Mori de Tokio y el Museo Nacional de Colombia.
Reconocimientos y despedida
En reconocimiento a su trayectoria y a su aporte invaluable a la ciudad, el Distrito le rindió homenaje el año pasado otorgándole la Medalla Orden Civil al Mérito Ciudad de Bogotá en el Grado Comendador, destacando su impacto en la cultura, el pensamiento crítico y la construcción de memoria en el espacio público.
La cultura está de luto. Su obra transformó el dolor en memoria y convirtió espacios como los Columbarios del Cementerio Central en lugares de dignidad y reflexión colectiva. Honraremos su legado con la restauración de ese lugar que ella transformó para siempre.”
Por su parte, el secretario de Cultura, Recreación y Deporte, Santiago Trujillo Escobar, señaló:
“Su obra nos enseñó que el arte también sirve para recordar, para interpelar, para nombrar la ausencia y cuidar la memoria. Su legado vive en Bogotá y en cada espacio que ayudó a transformar.”
Un legado que permanece
Hoy, el sector cultural, la ciudadanía y el país entero se unen para despedir a una de las creadoras más importantes del arte latinoamericano. La partida de Beatriz González deja una ausencia profunda, pero su obra permanece como testimonio imborrable de una vida dedicada al arte, a la memoria y a la dignidad humana.
En cada columbario intervenido, en cada imagen que cuestiona el olvido y en cada espacio público resignificado, Beatriz González sigue presente, recordándonos que el arte no solo se contempla: también se habita, se recuerda y se defiende.