Creer en ti también es un acto político.
El día que decides creer en ti, dejas de pedir permiso para existir.
Esta afirmación, aparentemente íntima, es profundamente política en una sociedad que históricamente ha condicionado la voz, el cuerpo y los sueños de las mujeres. Creer en una misma no es un gesto individual aislado: es una ruptura con los mandatos que nos enseñaron a dudar, a minimizarnos y a esperar validación externa.
No todo lo que duele te destruye; muchas veces te está formando. Las experiencias de dolor —la exclusión, la violencia simbólica, el silencio impuesto— no definen nuestro final. En muchos casos, se convierten en el punto de partida de procesos de conciencia, organización y resistencia. El dolor no romantiza la injusticia, pero sí puede convertirse en semilla de transformación cuando se nombra, se comparte y se enfrenta colectivamente.
Cambiar tu mentalidad es el primer acto de valentía hacia una nueva vida. Implica cuestionar lo aprendido, desmontar creencias que normalizan la desigualdad y atrevernos a imaginar otras formas de vivir, relacionarnos y construir comunidad. Ninguna transformación estructural ocurre sin una transformación interna que nos permita reconocernos como sujetas de derechos y de acción.
Tu historia no termina donde te hirieron; empieza donde decides sanar. Sanar no es olvidar ni callar, es recuperar la narrativa propia. Es decidir que la herida no tendrá la última palabra y que la experiencia vivida puede convertirse en fuerza para acompañar a otras, para exigir cambios y para no repetir silencios.
Lo que toleras se repite; lo que confrontas, se transforma. Esta frase nos interpela como personas y como sociedad. Callar frente a la injusticia la perpetúa. Nombrarla, denunciarla y discutirla abre la posibilidad del cambio. La confrontación no es violencia: es un ejercicio de dignidad.
Cuando te eliges a ti, el miedo pierde poder sobre tus decisiones. Elegirse no significa aislarse, sino reconocerse como prioridad legítima. Significa decidir desde el autocuidado, desde el amor propio y desde la convicción de que nuestra vida importa.
No esperes el momento perfecto: conviértete en la persona que lo crea. Las mujeres hemos esperado demasiado tiempo condiciones ideales que nunca llegan. Crear el momento es actuar desde lo posible, desde el ahora, incluso con dudas, incluso con temor.
Amarte no es egoísmo, es responsabilidad con tu propia vida. En contextos donde se nos exige sacrificio permanente, el amor propio es una forma de resistencia. Cuidarnos es también cuidar a la comunidad.
Y, finalmente, tu voz tiene valor, incluso cuando tiembla. Hablar, escribir, denunciar, opinar y crear siguen siendo actos valientes. La voz que tiembla no es débil: es una voz que se abre camino.
Este artículo es una invitación a reconocernos, a elegirnos y a seguir construyendo, desde lo personal y lo colectivo, vidas más libres, justas y dignas. Porque cada transformación comienza cuando dejamos de pedir permiso para existir.
