viernes, 5 de junio de 2026

Enfoque de Igualdad

 

Hay hombres que llevan años diciendo que el feminismo ve machismo en todo.
Y luego una canción sobre una niña que sueña con jugar fútbol les provoca una crisis existencial.
Dicen que no les molesta que las mujeres jueguen fútbol.
Les molesta que se les recuerde que hubo generaciones enteras de niñas a las que les dijeron que no podían hacerlo.
Dicen que el fútbol no debe mezclarse con la política.
Como si excluir a las mujeres durante décadas hubiera sido algo neutral.
Como si llamar al fútbol “cosa de hombres” nunca hubiera sido una postura ideológica.
Lo más interesante no es que critiquen la canción.
Toda obra artística puede gustar o no gustar.
Lo interesante es que miles de comentarios no hablan del ritmo, la producción o la letra.
Hablan del feminismo.
Hablan de las mujeres.
Hablan de que “el fútbol es de machos”.
Hablan de que las niñas ya tienen demasiados espacios.
Y ahí se cae la máscara.
Porque cuando una canción sobre una niña futbolista provoca más enojo que los escándalos de corrupción de la FIFA, el racismo en los estadios o la violencia en las gradas, queda claro que el problema no es la música.
El problema es que todavía hay personas que sienten que una mujer ocupando espacio en el fútbol les está quitando algo.
Y eso dice mucho más de ellas que de Julieta Venegas.
⚽️ El machismo tiene una extraña habilidad: convertir una canción infantil en una amenaza.
👍🏽 Pregunta incómoda:

Si una simple canción sobre una niña jugando fútbol les parece “propaganda feminista”, ¿qué tan frágil era esa masculinidad para sentirse amenazada por una niña con un balón?

Día Mundial del Ambiente


Día Mundial del Ambiente

¿A Quién Le Importa Nuestro Planeta?


Cada 5 de junio, el mundo conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente, una fecha que invita a reflexionar sobre nuestra relación con la naturaleza y el compromiso que asumimos con la protección de la vida en la Tierra. Sin embargo, más allá de los discursos, las campañas y las publicaciones en redes sociales, surge una pregunta urgente: ¿a quién le importa realmente nuestro planeta?

La respuesta debería ser sencilla: nos importa a todos. Pero la realidad muestra que aún existe una gran distancia entre la preocupación expresada y las acciones concretas necesarias para enfrentar la crisis ambiental que vivimos. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación de los ríos, el deterioro de los bosques y la generación desmedida de residuos son desafíos que afectan a toda la humanidad, aunque sus consecuencias recaen con mayor fuerza sobre las comunidades más vulnerables.

La Tierra nos está hablando.

Las altas temperaturas, las sequías prolongadas, las inundaciones y los fenómenos climáticos extremos no son hechos aislados. Son señales de alerta que evidencian el impacto de décadas de explotación indiscriminada de los recursos naturales.

La naturaleza nos recuerda constantemente que no somos dueños del planeta, sino parte de él. El agua que consumimos, el aire que respiramos y los alimentos que llegan a nuestra mesa dependen de ecosistemas saludables. Cuando estos se deterioran, nuestra calidad de vida también se ve afectada.

Por ello, cuidar el ambiente no es una moda ni una tendencia pasajera; es una necesidad para garantizar el bienestar presente y futuro de nuestras comunidades.

Las mujeres: guardianas de la vida y del territorio

En numerosos territorios de Colombia y América Latina, las mujeres desempeñan un papel fundamental en la defensa del ambiente. Son lideresas comunitarias, campesinas, indígenas, afrodescendientes y cuidadoras que protegen las fuentes hídricas, promueven prácticas sostenibles y transmiten conocimientos ancestrales sobre la relación armónica con la naturaleza.

Sin embargo, muchas de ellas enfrentan riesgos y desafíos por defender los bienes comunes. Su trabajo, frecuentemente invisible, demuestra que la sostenibilidad también tiene rostro de mujer.

Reconocer y fortalecer el liderazgo femenino en los procesos ambientales es una tarea indispensable para construir sociedades más justas y resilientes.

El compromiso comienza en casa.

A menudo pensamos que los problemas ambientales son tan grandes que nuestras acciones individuales no hacen diferencia. Pero cada decisión cotidiana tiene un impacto.

Reducir el consumo de plásticos de un solo uso, separar adecuadamente los residuos, ahorrar agua y energía, utilizar medios de transporte sostenibles, apoyar mercados locales y participar en iniciativas comunitarias son acciones que contribuyen a la protección del ambiente.

La transformación colectiva nace de pequeños cambios que, multiplicados por millones de personas, generan resultados significativos.

Comunidades que transforman

Las organizaciones comunitarias, los colectivos ambientales, los medios alternativos y las iniciativas ciudadanas cumplen una función esencial en la construcción de una cultura ambiental. A través de la educación, la participación y la comunicación, promueven nuevas formas de relacionarnos con el territorio y fortalecen la conciencia ecológica.

En localidades como Usaquén y en distintos barrios de Bogotá, existen experiencias inspiradoras de huertas urbanas, procesos de reciclaje, jornadas de limpieza, turismo comunitario responsable y proyectos culturales que integran el cuidado del ambiente con el fortalecimiento del tejido social.

Estas acciones demuestran que la defensa del planeta no depende únicamente de los gobiernos o de las grandes organizaciones; también está en manos de la ciudadanía organizada.

¿A quién le importa nuestro planeta?

La verdadera pregunta quizá no sea a quién le importa, sino cuánto estamos dispuestos a hacer por él.

El planeta nos importa cuando protegemos una quebrada, sembramos un árbol, reducimos nuestros residuos, apoyamos a quienes defienden el territorio o enseñamos a las nuevas generaciones el valor de la naturaleza. Nos importa cuando entendemos que el cuidado ambiental no es una responsabilidad ajena, sino una tarea compartida.

En este Día Mundial del Ambiente, la invitación es a pasar de la preocupación a la acción. Porque la Tierra no necesita espectadores; necesita ciudadanos comprometidos.

El futuro del planeta se construye hoy, con cada decisión que tomamos y con cada gesto de respeto hacia la casa común que compartimos.

Porque cuando cuidamos el ambiente, cuidamos la vida. Y la vida nos importa a todos.

Revista 1+Uno Mujer – Comunicación Comunitaria para la transformación social y el cuidado del territorio.

jueves, 4 de junio de 2026

#EnfoqueDeIgualdad

 

𝐈𝐦𝐚𝐠𝐢𝐧𝐚 𝐚 𝐮𝐧𝐚 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐚𝐬𝐚 𝐭𝐨𝐝𝐨 𝐞𝐥 𝐝𝐢́𝐚 𝐠𝐫𝐢𝐭𝐚́𝐧𝐝𝐨𝐥𝐞 𝐚 𝐞𝐱𝐭𝐫𝐚𝐧̃𝐨𝐬 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐥𝐥𝐞.
Insulta.
Se burla.
Humilla.
Ataca a personas que ni siquiera conoce.
Cuando lo vemos así, entendemos rápidamente que algo no está bien.
Sin embargo, cuando ocurre detrás de una pantalla, muchas veces se normaliza.
Se le llama “opinión”.
Se le llama “carácter”.
Se le llama “sinceridad”.
Pero no siempre es ninguna de esas cosas.
A veces es frustración.
A veces es inseguridad.
A veces es enojo que no encontró una forma sana de expresarse.
Porque una persona emocionalmente sana no necesita destruir a desconocidos para sentirse mejor consigo misma.
𝐋𝐚 𝐚𝐠𝐫𝐞𝐬𝐢𝐨́𝐧 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐬𝐢𝐧𝐨́𝐧𝐢𝐦𝐨 𝐝𝐞 𝐟𝐨𝐫𝐭𝐚𝐥𝐞𝐳𝐚.
Y el insulto no es una muestra de superioridad.
Muchas veces es una señal de que algo duele por dentro.
Por eso resulta importante hablar de salud mental también cuando hablamos de machismo.
Porque hay hombres que aprendieron a expresar tristeza como enojo.
Miedo como control.
Y vulnerabilidad como agresión.
Les enseñaron que llorar era debilidad.
Pero les permitieron insultar.
Les prohibieron sentir.
Pero les autorizaron gritar.
Y esa combinación termina lastimando a quienes están alrededor.
𝐋𝐚 𝐬𝐚𝐥𝐮𝐝 𝐦𝐞𝐧𝐭𝐚𝐥 𝐧𝐨 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞 𝐞𝐧 𝐧𝐨 𝐬𝐮𝐟𝐫𝐢𝐫.
Consiste en aprender a no convertir ese sufrimiento en violencia contra otras personas.
Porque ninguna mujer merece ser insultada por existir, opinar o poner límites.
Y ningún hombre debería creer que la agresión es la única forma de expresar lo que siente.
Quizá una de las conversaciones más urgentes de nuestro tiempo es esta:
𝐍𝐨 𝐭𝐨𝐝𝐨 𝐝𝐨𝐥𝐨𝐫 𝐬𝐞 𝐯𝐞.
Pero cuando se transforma en odio hacia quienes no te han hecho nada, deja de ser un problema individual.
Y se convierte en un problema que nos afecta a todas las personas.


miércoles, 3 de junio de 2026

Responsabilidad afectiva

 

Responsabilidad afectiva: el cuidado como base de nuestras relaciones

En tiempos donde las relaciones humanas se construyen y transforman a gran velocidad, hablar de responsabilidad afectiva se ha convertido en una necesidad. La imagen que inspira esta reflexión lo expresa de manera sencilla pero profunda: “Responsabilidad afectiva es saber que los vínculos que construimos con otras personas implican cuidados”.

Esta afirmación nos invita a comprender que cada relación que establecemos —de amistad, familiar, comunitaria, laboral o de pareja— tiene un impacto en la vida de quienes nos rodean. Nuestras palabras, acciones, silencios y decisiones pueden generar bienestar o, por el contrario, causar daño. Por ello, la responsabilidad afectiva consiste en actuar con respeto, empatía y consideración hacia los sentimientos de las demás personas.

Más allá del amor romántico

Con frecuencia se asocia la responsabilidad afectiva únicamente con las relaciones de pareja. Sin embargo, este concepto abarca todas las formas de interacción humana. En la comunidad, por ejemplo, implica escuchar sin juzgar, cumplir los compromisos adquiridos, reconocer las necesidades de los demás y construir espacios seguros donde cada persona se sienta valorada.

La responsabilidad afectiva también significa comunicar con honestidad lo que sentimos y pensamos. Ser claros en nuestras intenciones evita generar falsas expectativas y fortalece la confianza mutua. No se trata de cargar con las emociones de otros, sino de reconocer que nuestras acciones tienen consecuencias y actuar con conciencia frente a ellas.

El cuidado como práctica cotidiana

La palabra “cuidado”, destacada en la imagen, es fundamental. Cuidar no es únicamente proteger; también es acompañar, respetar límites, brindar apoyo y reconocer la dignidad de cada persona. El cuidado es una práctica cotidiana que se manifiesta en pequeños gestos: una conversación sincera, una escucha atenta, el respeto por las diferencias o la solidaridad en momentos difíciles.

En una sociedad donde el individualismo suele imponerse, recuperar la cultura del cuidado se convierte en un acto transformador. Especialmente para las mujeres, quienes históricamente han asumido las tareas de cuidado de manera invisible y no remunerada, es importante promover una visión colectiva donde esta responsabilidad sea compartida por todas y todos.

Responsabilidad afectiva y comunidad

Desde los procesos comunitarios, la responsabilidad afectiva fortalece los lazos sociales y contribuye a la construcción de entornos más humanos. Una comunidad que cuida es una comunidad que dialoga, que reconoce las diversidades, que previene las violencias y que promueve relaciones basadas en el respeto mutuo.

Cuando entendemos que nuestros vínculos implican cuidados, avanzamos hacia formas de convivencia más justas y solidarias. La responsabilidad afectiva no es una moda ni una tendencia pasajera; es una herramienta para construir relaciones saludables y una sociedad donde el bienestar colectivo tenga tanto valor como el individual.

Una invitación a reflexionar

Cada día tenemos la oportunidad de preguntarnos: ¿cómo estoy cuidando a las personas con las que me relaciono? ¿Estoy siendo coherente entre lo que digo y lo que hago? ¿Reconozco el impacto de mis acciones en los demás?

La responsabilidad afectiva comienza con estas preguntas y se fortalece con acciones concretas. Porque cada vínculo humano es un espacio de encuentro, y todo encuentro merece ser habitado con respeto, empatía y cuidado.

Cuidar es reconocer la humanidad del otro. Y asumir la responsabilidad afectiva es comprender que nuestras relaciones dejan huellas, por lo que vale la pena que esas huellas sean de respeto, confianza y bienestar compartido.

lunes, 1 de junio de 2026

#Enfoque de igualdad

𝐈𝐦𝐚𝐠𝐢𝐧𝐚 𝐝𝐨𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞𝐧 𝐥𝐥𝐞𝐠𝐚𝐫 𝐚𝐥 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐥𝐮𝐠𝐚𝐫.

𝐈𝐦𝐚𝐠𝐢𝐧𝐚 𝐝𝐨𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞𝐧 𝐥𝐥𝐞𝐠𝐚𝐫 𝐚𝐥 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐥𝐮𝐠𝐚𝐫.
A una le ponen una escalera eléctrica.
A la otra una escalera de madera, cargando bolsas, cuidando a dos niñas y tratando de no caer.
Si ambas llegan arriba, alguien podría decir:
”¿Ven? Las dos pudieron.”
Pero olvidaría algo importante.
𝐋𝐥𝐞𝐠𝐚𝐫 𝐚𝐥 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐥𝐮𝐠𝐚𝐫 𝐧𝐨 𝐬𝐢𝐠𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚 𝐡𝐚𝐛𝐞𝐫 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐫𝐫𝐢𝐝𝐨 𝐞𝐥 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐜𝐚𝐦𝐢𝐧𝐨.
Durante mucho tiempo se nos enseñó que hombres y mujeres tienen las mismas oportunidades porque las metas están abiertas para todas las personas.
Pero una puerta abierta no significa mucho cuando algunas personas llegan agotadas antes siquiera de cruzarla.
Hay mujeres que estudian mientras cuidan.
Que trabajan mientras cocinan.
Que emprenden mientras sostienen una casa.
Que avanzan llevando sobre los hombros responsabilidades que rara vez aparecen en los currículums.
Es como correr una carrera donde algunas personas empiezan varios metros atrás.
No porque sean menos capaces.
Sino porque el terreno nunca fue igual.
𝐋𝐚 𝐢𝐠𝐮𝐚𝐥𝐝𝐚𝐝 𝐧𝐨 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞 𝐞𝐧 𝐟𝐢𝐧𝐠𝐢𝐫 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐨𝐝𝐨𝐬 𝐥𝐨𝐬 𝐜𝐚𝐦𝐢𝐧𝐨𝐬 𝐬𝐨𝐧 𝐢𝐠𝐮𝐚𝐥𝐞𝐬.
Consiste en reconocer los obstáculos que existen para poder quitarlos.
Porque las mujeres no necesitan una ventaja.
Necesitan que la escalera deje de estar más empinada para ellas.
Y cuando eso ocurra, descubriremos algo que muchas ya sabían:
𝐄𝐥 𝐭𝐚𝐥𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐧𝐨 𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐠𝐞́𝐧𝐞𝐫𝐨.

Lo que sí tienen género son muchas de las barreras que todavía seguimos normalizando

domingo, 31 de mayo de 2026

Prevención de violencias

 

Cuando la violencia se disfraza de afecto: educar para relaciones basadas en el respeto

La imagen nos presenta un mensaje contundente: Nunca le digas a una niña que cuando un niño es rudo con ella, es porque ella le gusta. No le enseñes que el abuso es signo de amor.” Esta frase cuestiona una idea profundamente arraigada en muchas culturas y generaciones: la creencia de que las agresiones, burlas o malos tratos pueden interpretarse como muestras de cariño.

Aunque suele expresarse como una frase inocente o una forma de restar importancia a ciertos comportamientos infantiles, este mensaje tiene implicaciones que van mucho más allá del patio de recreo. Enseñar a niñas y niños que la rudeza es una expresión de afecto puede contribuir a normalizar relaciones desiguales y violentas en etapas posteriores de la vida.

Las palabras que educan

Desde la infancia, las personas construyen su comprensión sobre el amor, la amistad y el respeto a partir de los mensajes que reciben en casa, la escuela y la comunidad. Cuando una niña escucha repetidamente que debe tolerar empujones, insultos o agresiones porque alguien “la quiere”, puede aprender a minimizar conductas que vulneran sus derechos y bienestar emocional.

Del mismo modo, los niños pueden recibir el mensaje equivocado de que la agresividad es una forma válida de expresar interés o afecto, dificultando el desarrollo de habilidades de comunicación basadas en la empatía y el respeto.

Romper con los estereotipos

Durante décadas, expresiones como “si te molesta es porque le gustas” o “los niños son así” han sido utilizadas para justificar comportamientos que merecen ser cuestionados. Estas ideas refuerzan estereotipos de género que presentan a los hombres como naturalmente agresivos y a las mujeres como responsables de soportar esas conductas.

La construcción de relaciones sanas exige desmontar estas creencias y promover modelos donde el cariño se manifieste a través del respeto, la escucha, la solidaridad y el reconocimiento mutuo.

La importancia de la educación emocional

La educación emocional es una herramienta fundamental para prevenir las violencias. Enseñar a niñas, niños y adolescentes a identificar sus emociones, expresar sus sentimientos de manera adecuada y respetar los límites de otras personas contribuye a la construcción de entornos más seguros.

También es importante que aprendan a reconocer señales de maltrato y comprendan que nadie tiene derecho a hacerles sentir miedo, humillación o dolor en nombre del amor o la amistad.

Un compromiso de familias, escuelas y comunidades

La prevención de las violencias no es responsabilidad exclusiva de las familias ni de las instituciones educativas. Es una tarea colectiva que involucra a toda la sociedad.

Cada vez que una persona adulta corrige estos mensajes y explica que el afecto no debe causar daño, está contribuyendo a formar generaciones más conscientes y respetuosas. Cada conversación sobre igualdad, consentimiento y buen trato ayuda a construir relaciones más saludables.

Amor es respeto

El amor no se demuestra mediante el control, la agresión o la humillación. El amor se expresa a través del cuidado, la confianza y el reconocimiento de la dignidad de la otra persona.

La reflexión que plantea esta imagen invita a revisar aquellas frases que hemos normalizado durante años y a preguntarnos qué valores estamos transmitiendo a las nuevas generaciones. Educar en el respeto significa enseñar que ninguna forma de violencia debe confundirse con cariño y que todas las personas merecen relaciones libres de maltrato.

Porque el amor verdadero nunca duele, nunca humilla y nunca agrede. El amor respeta.

 Revista 1+Uno Mujer – Promoviendo una cultura de igualdad, respeto y prevención de las violencias desde la infancia.

Enfoque de Igualdad

  Hay hombres que llevan años diciendo que el feminismo ve machismo en todo. Y luego una canción sobre una niña que sueña con jugar fútbol l...