Trabajo invisible, dignidad presente
La frase que acompaña la imagen “Soy ama de casa” se dice con orgullo, porque es uno de los trabajos más difíciles del mundo y también el menos valorado; interpela una realidad histórica: el trabajo doméstico y de cuidado sostiene la vida, pero sigue siendo invisibilizado y desigualmente reconocido.
Ser ama de casa implica jornadas extensas, múltiples tareas simultáneas y una alta carga física y emocional. Cocinar, limpiar, cuidar, organizar y acompañar no son “ayudas” ni labores menores; son responsabilidades esenciales que garantizan bienestar, salud y reproducción social. Sin embargo, al no estar remuneradas en muchos casos, estas labores quedan fuera de las estadísticas económicas y del reconocimiento social.
Decir “soy ama de casa” con orgullo es un acto político. Es reclamar dignidad para un trabajo que ha sido históricamente feminizado, naturalizado y subestimado. También es exigir corresponsabilidad: que el cuidado sea compartido, valorado y respaldado por políticas públicas que reconozcan su aporte a la economía y a la cohesión social.
Esta imagen nos invita a cambiar la mirada. Valorar el trabajo del hogar es avanzar hacia una sociedad más justa, donde cuidar no sea sinónimo de sacrificio silencioso, sino de reconocimiento, derechos y respeto.
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