Durante mucho tiempo se nos enseñó que amar era aguantar, ceder, adaptarnos, callar y ponernos al final de la lista.
El feminismo viene a decir algo distinto —y profundamente liberador—:
el amor propio no es egoísmo, es justicia.
Amarnos implica:
Poner límites sin culpa.
Elegir relaciones donde no tengamos que disminuirnos.
Reconocer nuestro valor más allá de lo que damos, complacemos o soportamos.
Cuando una mujer se elige, no está “volviéndose fría” ni “demasiado exigente”.
Está rompiendo con una idea que la quería siempre disponible, siempre sacrificada, siempre agradecida por lo mínimo.
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