La imagen que acompaña esta nota muestra una escultura tan contundente como reveladora: una mujer avanza con dificultad mientras carga sobre su espalda una montaña de objetos del hogar. Electrodomésticos, utensilios y cargas materiales se amontonan sobre su cuerpo, al tiempo que sus hijos se aferran a ella sin soltarla. No hay dramatismo exagerado; hay realidad.
Esta obra representa el peso silencioso del trabajo doméstico y de cuidado, ese que históricamente ha sido asignado a las mujeres y que, pese a sostener la vida cotidiana, continúa siendo invisibilizado, desvalorizado y, muchas veces, naturalizado.
La escultura interpela directamente una frase repetida durante generaciones: “Ella no hace nada en la casa”. Una afirmación que niega jornadas interminables de limpieza, alimentación, crianza, acompañamiento emocional, organización y sostén del hogar. Tareas que no figuran en estadísticas económicas, pero sin las cuales la sociedad simplemente no funciona.
Los niños que se aferran a la mujer no representan una carga negativa, sino la continuidad de un mandato heredado: el cuidado como responsabilidad casi exclusiva de las mujeres, transmitido de generación en generación sin cuestionamiento estructural. La obra nos obliga a preguntarnos quién cuida a quienes cuidan y a qué costo físico, emocional y mental se sostiene ese rol.
Más que una crítica, esta escultura es un homenaje. Un reconocimiento a millones de mujeres cuyo trabajo cotidiano ha sido históricamente subestimado. Mujeres que “no hacen nada en casa”, según el discurso machista, pero que en realidad lo sostienen todo: la vida, el bienestar, la reproducción social y el equilibrio emocional de familias enteras.
Mirar esta imagen es también una invitación a repensar la corresponsabilidad, a redistribuir las tareas de cuidado y a reconocer que el trabajo doméstico es trabajo. Nombrarlo, valorarlo y compartirlo no es un favor: es una deuda histórica.
Porque cuando el cuidado se invisibiliza, pesa. Y cuando se reconoce, transforma.
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