Hay personas que llegan a nuestra vida como pequeños faros: no para iluminarnos el camino completo, sino para recordarnos que podemos avanzar, que somos capaces, que merecemos bienestar.
A veces no hacen ruido, no dan discursos profundos ni aparecen todos los días. Pero están. Y su presencia —su forma de acompañar, de escuchar, de sostener— nos mueve a ser mejores, más conscientes, más suaves con nosotras mismas.
Esas personas, las que nos hacen crecer sin forzarnos, las que nos inspiran sin comparaciones y las que celebran nuestro proceso, valen oro.
Y sí: valen toda una vida cerquita.
Que hoy podamos reconocerlas.
Y también reconocer cuándo nosotras mismas somos esa presencia amorosa en la vida de alguien más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Esperamos sus comentarios