“Acompañar a las mujeres desde la psicoterapia implica una responsabilidad ética de contemplar la existencia de un sistema patriarcal que intenta a cada momento invalidar y justificar las violencias que se ejercen contra las mujeres y niñas. Urge acompañar desde la mirada feminista. “
La “loca esa”: una construcción para encubrir la violencia
La “loca esa” no existe.
Es un personaje.
Un personaje construido desde la narrativa del agresor y sostenido por una cultura que necesita deslegitimar a las mujeres para poder justificar la violencia que se ejerce contra ellas.
La “loca esa” es un recurso.
Un mecanismo.
Un mito funcional del sistema patriarcal para normalizar la violencia contra las mujeres, ocultar sus efectos psicológicos y desplazar la responsabilidad de quien agrede hacia quien sobrevive.
A la “loca esa” se le nombra como inestable, exagerada, conflictiva, desregulada.
Se le estigmatiza socialmente sin contexto.
Se le juzga sin escucharla.
Su historia no es la suya: es la que el agresor narra, la que sus aliados replican y la que muchas veces la sociedad valida sin cuestionar.
Mientras tanto, él queda intacto.
A él no se le puede “arruinar” la reputación.
A ella sí.
“Ella se lo buscó”
“Ella exagera”
“Ella miente”
¿Quién?
La “loca esa”.
Desde la psicología del trauma, esto no es casual.
Como plantea Judith Herman, el trauma no solo ocurre en el evento violento, sino también en la respuesta social que recibe la víctima. Cuando el entorno niega, minimiza o distorsiona lo vivido, el daño se profundiza.
Por eso, lo que muchas veces se etiqueta como “inestabilidad emocional” no es otra cosa que la manifestación de un trauma complejo: una respuesta adaptativa frente a experiencias prolongadas de violencia, control y vulneración.
La “loca esa” es, en realidad:
Una mujer a la que le fracturaron la sensación de seguridad.
Una mujer que vivió experiencias de vulneración corporal y nadie quiso nombrarlas.
Una mujer a la que le difundieron su contenido íntimo como forma de castigo y control.
Una mujer a la que le arrebataron a sus hijos como mecanismo de violencia.
Una mujer que fue criminalizada por defenderse.
Una mujer que fue traicionada en espacios de confianza y a quien no le creyeron porque habló “tarde”.
Una mujer aislada, endeudada, sin red de apoyo.
Una trabajadora empujada a renunciar tras vivir violencia sistemática en su entorno laboral.
Una mujer desacreditada públicamente para silenciarla.
La “loca esa” no está fuera de la norma.
Es el resultado de ella.
Es una víctima de violencia psicológica, económica y sexual que desarrolló trauma complejo en un entorno que, en lugar de reparar, profundiza el daño.
Nombrarla como “loca” no solo es injusto.
Es funcional.
Funcional para sostener el pacto de silencio.
Funcional para proteger a los agresores.
Funcional para evitar que miremos la violencia de frente.
Por eso, desde una práctica feminista, nuestra tarea no es “regular” a la “loca esa”.
Es desmantelar la narrativa que la produce.
Porque la “loca esa” puede ser cualquiera de nosotras.
Y mientras sigamos sosteniendo discursos misóginos que la ridiculizan, lo único que hacemos es reforzar el sistema que después nos silencia.
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