Pensemos en una oficina: si una sola persona hiciera diariamente el trabajo de cinco puestos, nadie diría: «Lo hace porque le nace». Hablaríamos de sobrecarga laboral.
Pero cuando sucede dentro del hogar y quien carga principalmente con ese trabajo es una mujer, mágicamente aparecen palabras como amor, deber, sacrificio o instinto.
Y ahí está la trampa.
El amor no lava platos. Las personas, sí.
El «instinto femenino» tampoco cocina, limpia, compra, organiza citas médicas, cuida infancias y recuerda lo que falta en casa. Todo eso requiere tiempo, esfuerzo físico y carga mental.
Por eso el trabajo doméstico no es una actividad menor ni una obligación natural de madres, esposas o abuelas.
La igualdad también comienza cuando dejamos de preguntar:
y empezamos a decir:
Porque una casa compartida implica también responsabilidades compartidas.
𝐑𝐄𝐂𝐎𝐍𝐎𝐂𝐄𝐑. 𝐑𝐄𝐃𝐈𝐒𝐓𝐑𝐈𝐁𝐔𝐈𝐑. 𝐂𝐎𝐑𝐑𝐄𝐒𝐏𝐎𝐍𝐒𝐀𝐁𝐈𝐋𝐈𝐙𝐀𝐑.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Esperamos sus comentarios