饾悕饾惃饾惉 饾惄饾悽饾悵饾悶饾惂 饾惇饾惍饾悶 饾悶饾惐饾惄饾惀饾悽饾惇饾惍饾悶饾惁饾惃饾惉 饾惇饾惍饾悶 饾惂饾惃 饾惃饾悵饾悽饾悮饾惁饾惃饾惉 饾悮 饾惀饾惃饾惉 饾悺饾惃饾惁饾悰饾惈饾悶饾惉,
饾惄饾悶饾惈饾惃 饾惂饾惃 饾惀饾悶饾惉 饾悶饾惐饾悽饾悹饾悶饾惂 饾悮 饾悶饾惀饾惀饾惃饾惉 饾惇饾惍饾悶 饾悶饾惐饾惄饾惀饾悽饾惇饾惍饾悶饾惂 饾惄饾惃饾惈 饾惇饾惍饾悶́ 饾惂饾惃饾惉 饾惁饾悮饾惌饾悮饾惂.
Esta es la doble vara de siempre:
Cuando hablamos, resistimos o nombramos lo que vivimos, nos llaman exageradas, locas o llenas de odio.
Pero cuando un hombre insulta, golpea, humilla o asesina, es “una tragedia aislada”.
Cuando decimos “ya basta”, nos llaman “odiadoras”.
Pero nadie cuestiona a los que nos violan, nos agreden, nos silencian o nos desaparecen.
El feminismo no es odio.
Es autodefensa.
Es resistencia ante una violencia que se ha vuelto paisaje.
Una violencia que se espera que aguantemos en silencio.
No tenemos que pedir permiso para existir sin miedo.
No tenemos que disculparnos por alzar la voz.
Y no tenemos que suavizar la rabia cuando lo que est谩 en juego es nuestra vida.
Que quede claro:
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