lunes, 17 de agosto de 2026

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Hay una frase aparentemente inocente que explica muchรญsimo: «Yo sรญ le ayudo a mi esposa con la casa».
¿Le ayudas?
Cuando limpias tu propia casa, lavas la ropa que utilizas o preparas la comida que tambiรฉn consumes, no estรกs haciendo un favor: estรกs realizando el trabajo necesario para sostener tu propia vida.
Pensemos en una oficina: si una sola persona hiciera diariamente el trabajo de cinco puestos, nadie dirรญa: «lo hace porque le nace». Hablarรญamos de sobrecarga laboral.
Pero cuando sucede dentro del hogar y quien carga principalmente con ese trabajo es una mujer, mรกgicamente aparecen palabras como amor, deber, sacrificio o instinto.
Y ahรญ estรก la trampa.
El amor no lava platos.
Las personas sรญ.
El «instinto femenino» tampoco cocina, limpia, compra, organiza citas mรฉdicas, cuida infancias y recuerda lo que falta en casa. Todo eso requiere tiempo, esfuerzo fรญsico y carga mental.
Por eso el trabajo domรฉstico no es una actividad menor ni una obligaciรณn natural de madres, esposas o abuelas.
La igualdad tambiรฉn comienza cuando dejamos de preguntar:
«¿En quรฉ te ayudo?»
y empezamos a decir:
«¿Quรฉ me corresponde hacer?»
Porque una casa compartida implica tambiรฉn responsabilidades compartidas.

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