Desde niñas aprendemos historias de amor que prometen finales felices: un príncipe azul que llegará para salvarnos, un amor verdadero capaz de resolverlo todo o una “persona indicada” con quien seremos felices para siempre.
Pero crecer también significa cuestionar esas ideas. El amor no debería pedirnos renunciar a quienes somos, abandonar nuestros sueños ni aceptar aquello que nos hace daño. Una relación sana no se construye desde la dependencia, sino desde el respeto, la libertad, la confianza y la posibilidad de ser una misma.
Hoy podemos cambiar el cuento. No necesitamos que alguien llegue a completarnos: ya somos personas completas, con proyectos, capacidades y sueños propios.
Amar puede ser maravilloso, pero amarnos a nosotras mismas es el primer paso para construir vínculos más libres, igualitarios y saludables.
Quizás el verdadero final feliz no sea encontrar a nuestro príncipe azul, sino descubrir que podemos escribir nuestra propia historia.
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